martes, 5 de abril de 2011

Capítulo 16. El cuaderno.

Pasamos por el salón y nos dirijimos a la escalera de mármol blanco que conduce al piso de arriba. Al acabarse la escalera, la primera a la derecha, está la habitación de James. Abro la puerta y echo un vistazo al interior. Más o menos está todo como yo lo recuerdo. Tiene todo en orden. La pared pintada de un blanco hueso que siempre me pareció un tanto deprimente, los muebles de caoba sin una mota de polvo y una estantería vacía de libros y llena de premios. Al fondo de la habitación, al lado de una cama pulcramente hecha, hay un escritorio con una pantalla de plasma que hace las veces de televisión, ordenador y consola. Hay una hilera de cajones a los que me dirijo sin dudar. Y ahí está, en el primero de todos, se encuentra mi collar. Lo recupero con una sonrisa y me lo abrocho al cuello. Vuelvo a sentir el leve peso de la perla en mi cuello y me siento segura. Está fria contra mi piel, pero no me importa.
Aprovecho y rebusco en sus cajones información sobre dónde ha estado este último año. En el último cajón, al fondo del todo, encuentro un cuaderno con fotos y cosas escritas. Me lo meto en la cinturilla del pantalón con disimulo y lo vuelvo a poner todo en su sitio.
Me giro para decirle a Alex que ya nos podemos ir. Está mirando la estantería de los premios con una sonrisa burlona y aire curioso.
-¿Ajedrez?- me pregunta.- No sabía que se diesen premios por eso.
-Seguro que hizo trampas. No era mucho de pensar.
Entonces me fijo en una figura negra que hay en una balda. Darth Vader. Lo agarro y lo meto en el bolsillo del pantalón. Alex me mira, interrogante.
-Es mío, me lo quitó el año pasado. Llevaba todo el año preguntándome donde estaría.
-¿La Guerra de las Galaxias?
-Es mi película favorita. Siento cierta debilidad por Dath Vader-admito en un susurro. Vale, ya sabe lo friki que soy, pero, enserio, ¿hay mejor saga de ciencia-ficción que Star Wars? No lo creo.
-Creí que te gustaría más Obie Wan o Luck.
Me encojo de hombros:
-Siempre me han atraido los malos.
Me mira como si eso lo explicase todo, como si fuese obvio o lógico.
En ese momento suena el golpe de una puerta al cerrarse. Oh, mierda. Han vuelto. Miro alarmada a Alex, que me devuelve la mirada con tranquilidad.
-¿Qué hacemos?- susurro.
-Saltar por la ventana.
-¿Estás loco? ¡Hay más de tres metros!- Se le ha ido. Definitivamente se le ha ido.
-A no ser que quieras quedarte aquí y que te pillen...- dice mientras saca una pierna seguida de la otra por la ventana.
Oigo pasos en la escalera y me empieza a temblar el labio. Dos alternativas: que me pillen y me detengan o saltar por la ventana. Me dirijo corriendo a la ventana. Alex me espera abajo con los brazos extendidos. Saco un pie y me apoyo en la enredadera. Bajo el otro. Sigo bajando con cuidado hasta tocar el suelo. Justo cuando pongo el último pie en tierra firme, se enciende la habitación de James. ¿Por qué justo hoy tiene que volver antes de las 3? Qué chico tan oportuno...
Nos pegamos a la pared, entre las sombras, por si se le ocurre mirar por la ventana. Cinco minutos después apaga la luz. Esperamos un minuto por precaución, pero reina el silencio.
Alex y yo vamos andando cuidadosamente hacia mi coche, y justo detrás está el suyo. Los hemos dejado cautelosamente alejados de la casa de James, y escondidos tras unos altos arbustos. Nos despedimos y cada uno se mete en su coche.
Meto las llaves en el contacto y giro. El motor no se enciende. Una lucecita roja me avisa de que me he quedado sin gasolina. Joder. No me había dado cuenta. Pero tiene sentido, ya que hace tres semanas que no paso por una gasolinera. Oigo como Alex pone su motor en marcha y me bajo corriendo para decirle que pare. Baja la ventanilla y me acerco.
-Me he quedado sin gasolina- admito entre dientes. Sonrie burlonamente.
-Dos veces en un día que necesitas mi ayuda. Debe de ser mi día de suerte.
-¿Me vas a llevar, o no?- le pregunto. Se está mofando de mí.
-Depende de lo que me vayas a dar a cambio- contesta. No esperaba esa. Me quedo con los ojos abiertos de par en par.
-¿Cómo?
-No creerías que hago esto por pura bondad, ¿no?
-Confiaba en ello.
-Dejémoslo simplemente en que me debes una bien gorda.- Me señala el asiento del copiloto:- Sube.
Abro la puerta del acompañante y me meto dentro.
-¿A casa?- me pregunta.
-No, todavía no.

-¿Me vas a llevar, o no?
-Depende de lo que me vayas a dar a cambio.

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