Salgo por la verja blanca de mi casa, cuando se abre la puerta de mi vecino y sale un hombre encorvado. No hace falta fijarme en sus zapatos para saber de qué color son. Rojos.
Nuestra mirada se cruza desde la otra acera, y en su boca se forma una sonrisa que no me gusta nada. Como si pudiese ver mis peores deseos, y mis oscuros pensamientos con solo un vistazo. Como si me conociese y supiese todo acerca de mi pasado, presente y futuro. Me siento desprotegida y me cubro con los brazos, mientras me saluda con una inclinación de la cabeza y sigue andando.
Ahora sí que se ha activado mi curiosidad. Me dirijo a casa de Alex sin vacilar y llamo a su puerta con energía. Me abre con una manzana reluciente roja en la mano y una camiseta blanca que le hace parecer hasta bueno.
-¿Quién es el hombre que acaba de salir de tu casa?- pregunto sin preámbulos. Él tarda un rato en contestar. Frota la manzana en su camiseta para dejarla aún más brillante. Se nota que está haciendo tiempo para pensarse si contestarme o no. Otra vez ese maldito muro.
-Mi hermano- dice al fin.
-Tu hermano- repito sin creermelo.- ¿Cuántos años tenían tus padres cuando te tuvieron a ti, entonces? ¿80?
No contesta. Yo pongo los ojos en blanco y entro en su casa sin pedir permiso. Por el camino le quito la manzana de la mano. Me siento en el sofá con comodidad y le doy un mordisco a la manzana. Está riquísima.
-¿Qué haces?- Pregunta Alex cerrando la puerta. Parece divertido.
-Esperar respuestas- le contesto con tranquilidad mientras le doy otro mordisco a la manzana.
-¿A qué preguntas?- Me quita la manzana de la mano y la muerde.
-¿Quién era ese hombre?- Recupero la manzana y sigo comiendo.
-¿Por qué quieres saberlo?
Dudo antes de contestar:
-Porque cuando me lo he encontrado he sentido que podía descubrir mis pensamientos- susurro.
-Y seguramente pueda.- Me quita la manzana.
-¿A qué te refieres?
-Digamos que es una especie de... adivino. No de muy buen ver pero bueno, al fin y al cabo.
-¿Frecuentas a los adivinos?- No me parece muy propio de él. Asiente con la cabeza y se acaba la manzana. Se levanta para tirar el hueso a una papelera que hay por allí. Lo cierto es que nunca he creido en los adivinos o la magia. Me parecen chorradas que se inventan para contar a los niños pequeños. Pero Alex me acaba de decir que existen, que yo misma me acabo de cruzar con él. Se me seca la garganta y la voz casi no ne sale.
-¿Me das un vaso de agua, por favor?- le digo. Se dirige a la cocina y me trae un vaso de cristal lleno de agua.
En un momento en el que me lo da y yo lo agarro, me tropiezo sin querer con mi propio pie ( ya avisé de mi torpeza), y le tiro el vaso de agua en su camiseta blanca. Debería sentirme culpable, pero cada vez que recuerdo su torso transparentado por la camiseta blanca solo puedo alegrarme de lo que hice. Sobretodo por lo que vino después.
Se quita la camiseta y se dirige a su habitación a cambiarse mientras yo le repito que lo siento. Entonces me fijo en algo de su espalda en lo que no había remarcado antes. En la nuca, más cerca de la espalda que del nacimiento del cabello, tiene una mancha negra.
Un tatuaje.
Igual que el mío excepto porque sus alas son mucho más negras. Me interrumpo a la mitad de una disculpa y me acerco a él sin apartar la vista del tatuaje.
-¿Cuándo te has hecho ese tatuaje?- le pregunto. Alex se da la vuelta y se tensa.
-Creo que se han acabado las preguntas- dice casi arrastrándome hacia la salida de la casa.
Me cierra la puerta prácticamente en las narices.
-Cuando me lo he encontrado he sentido que podía descubrir mis pensamientos.
-Y seguramente pueda.

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