miércoles, 13 de abril de 2011

Capítulo 21. Al borde de la verdad.

-Creo que dejé bastante claro que no quería a la chica por aquí cerca- le dice a Alex. Me sigue mirando muy fijamente y me da mal rollo. Los ojos negros le brillan con un matiz metálico, como Onix, enmarcados en una pálida tez.
Tengo la sensación de que si miro demasiado tiempo a esos oscuros pozos caeré en un agujero sin fondo y no podré salir ya más. No aguanto y desvío la mirada después de un rato, provocándole una sonrisa bastante siniestra.
-¿Qué quiere?- le digo, después de reunir el valor suficiente. Se le debe de haber olvidado algo o no habría vuelto, ¿no?
-¿Qué quiero? Que dejéis de meter las narices en nuestros asuntos.- Estoy muy sorprendida, lo admito. Yo solo quería saber qué se le había olvidado. Alex sigue mirándole sin decir palabra.
Suelto una carcajada al comprenderlo: se han equivocado, yo no he metido las narices en ningún sitio. O al menos en ningún sitio donde no tuviese derecho a hacerlo, dado que lo del tatuaje me incumbía.
-Esto es una tremenda confusión. Debe haberse confundido de persona.
-¿Ah, sí? ¿Y ese collar?- Me mira el cuello. Yo lo agarro casi inconscientemente, apretándolo en un puño y ocultándolo a su vista. Ese collar es como mi... hogar. Y no pienso dejar que un adivino de pacotilla lo saquee.
-¿Qué pasa con él?- Pregunto a la defensiva.
-¿De dónde lo has sacado?
-Mi madre me lo regaló cuando cumplí los diez años.
-¿Dónde lo compró?
-¿Qué te importa?- ¿Y si me lo quiere robar? Es bastante caro, es oro blanco.
-Contesta- abre por fin Alex la boca. Me mira fijamente. Sus ojos vuelven a ser de un azul muy oscuro y el muro está totalmente repuesto.
-En Tiffany and Co.
El señor de los zapatos suelta una carcajada y se empieza a reir con una risa que me pone los pelos de los brazos de punta.
-¿Qué pasa?-Sigue riéndose y no obtengo respuesta.- ¿Qué pasa?- Alzo la voz. Por fin voy a obtener una explicación. Aunque antes no sabía que incumbiese también al regalo de mi madre.
-¿En serio te crees que algo tan valioso lo van a vender en una estúpida tienda humana?
-Es una perla. Lo venden en muchas tiendas humanas- le replico.
Un momento. ¿«Humana»?
-¿Qué quieres decir con «humana»?- La voz me tiembla ligeramente, pero espero que no se hayan dado cuenta. He reaccionado demasiado lenta.
Cuando abre la boca y está a punto de desvelar mi ansiada verdad, un ruido atronador en la calle nos llama la atención.
Concretamente en mi jardín.
-Natty... Natty...- me llama una desquiciada voz, alargando la "a", mientras le pega patadas con un bate a la verja blanca de mi casa.
James, con el pelo revuelto y los ojos muy abiertos, canturrea mi nombre con irónico cariño. Me recuerda a Robert de Niro en «El cabo del miedo».
Mi mente retrocede al invierno anterior  sin quererlo. Lo único que ha cambiado ha sido el escenario, porque su cara de loco sigue siendo la misma y la rabia de furia no ha variado en absoluto. Sus palabras de aquella noche resuenan en mi mente formándose un eco aplastante y devastador. En un susurro que me congela y me deja paralizada. Siento como si todo esto fuese un déjà vu de una maldita pesadilla que creía ya olvidada.
Me olvido por completo de Alex, del hombre de los zapatos rojos y de la verdad por un minuto, cuando James estampa su bate de nuevo contra otra parte de la verja, convirtiéndola en astillas. Corrompiendo el lugar que creía más seguro del mundo, el único donde me sentía a salvo.
Un par de vecinas cotillas se empiezan a asomar a las ventanas al oir tal estruendo. Estoy segura de que será imposible ocultárselo a mis padres cuando vuelvan incluso aunque repare la verja.
Eso si vivo para contarlo.
Un escalofrio me recorre de pies a cabeza cuando me doy cuenta de que he dejado el cuaderno marrón encima de la cama.


-¿Qué quiere?
-¿Qué quiero? Que dejéis de meter las narices en nuestros asuntos.

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