Me siento sucia así que me meto en la ducha y dejo que el agua relaje mis músculos y me serene, llevándose por el desagüe todas las preocupaciones del día y los miedos. Limpia mis lágrimas y en cierto modo mi mente, aclarándome las ideas.
El agua caliente de la ducha me despeja y me decido a volver. Necesito una explicación.
Así que aquí estoy. Como una idiota, plantada en la puerta de su casa, decidida a quedarme de acampada aquí mismo si se niega a abrirme. Como una fan días antes del concierto.
Finalmente, después de llamar al timbre siete veces con insistencia, consigo que abra la puerta, irritado.
-¿Qué quieres?
-Saber cuando te hiciste ese tatuaje y porqué es tan extrañamente parecido al mio.- Pongo los brazos en jarras, dándole a entender que no me voy a ir de aquí con las manos vacías, y confiando en que se dé cuenta de que solo tiene que contarme la verdad en vez de andarse con tanto misterio. Ya basta de hacerse el interesante, ¿no?
Imprevisiblemente, me agarra del brazo con una sonrisa, y tira de mí para meterme dentro de la casa. Cierra la puerta, y me acerca a él mientras se inclina hacia mí.
Ahora debería decir lo asqueroso que me resultó que me besase y que mi vecino está loco, pero como ya dije, hace tiempo que dejé de mentir. Lo cierto es que el segundo beso fue incluso mejor que el primero. Solo puedo decir que fue increíble.
De todos modos una cosa ha quedado clara: este tio cambia más que el viento. Media hora antes me echa casi a patadas de su casa, poniéndose a la defensiva, y ahora me besa. Genial.
Se separa y me mira a los ojos.
-No soleis ser tan cabezotas.
-¿Quiénes?- ¿«soleis»? Este chico cada día me confunde más, en serio.
-La gente como tú.
-¿A quién clasificarías dentro del término "la gente como tú"?- Ya nos vamos acercando al quid del misterio.
-A los que se parecen a ti.
-Esa es una explicación muy vaga.
-Y con la que te tendrás que conformar.
-Pues no lo voy a hacer. Quiero una explicación.
-¿No intuyes siquiera lo que está pasando?- me mira a los ojos y noto como que me quiere decir algo y no puede, que tengo que verlo yo. Sus ojos están de un azul muy claro y en su voz puedo ver que el muro está viniéndose abajo.
-Lo único que intuyo es que me desperté un día con un tatuaje (cosa que me fastidia sobremanera ya que los odio), y resulta que tú tienes uno igual, y...
-No es igual- me interrumpe.
-Muy parecido- rectifico.- Y no quieres explicarme por qué- acabo.
-No creo que quieras escuchar la verdad.
-Siempre es mejor la verdad.
-En tu caso es mejor vivir en la ignorancia.
-¿Tan malo es?- susurro. ¿Qué puede ser para que no merezca la pena saber la verdad?- Soportaría cualquier cosa. ¿Me emborraché y por eso no lo recuerdo? ¿Voy a morir?
-No.- No parece muy por la labor de darme una explicación. El muro se vuelve a reconstruir poco a poco, y me encuentro a mí misma recorriéndolo, intentando descubrir aunque sea la mínima brecha.
-Dímelo, me estoy ahogando en la duda- le suplico.
Se queda callado y de repente la puerta se abre, dejando pasar al hombre de los zapatos rojos.
Me mira fijamente mientras le dice a Alex:
-No deberías dejar la puerta abierta, podría entrar cualquiera.- Tiene una nota en la manera en que lo dice que no me gusta nada. Como si me estuviese tachando de intrusa. Tiene el pelo gris peinado hacia un lado y más alto de lo que creí. Tiene los ojos negros, con el iris fundiéndose con la pupila. Está encorvado y tiene el traje negro impecable, sin una arruga o una mancha. Siento como si tuviese ante mí a todo el mal del mundo convertido en una sola persona. Las guerras, el hambre, el odio, la rabia... Todo concentrándose en un remolino gris con forma de persona. Como si tuviese ante mí a la mismísima serpiente del paraíso, que viene a echarme de mi mundo. Ahora me maldigo por no haber confiado en mi instinto en ese momento.
Me recuerda a la sonrisa del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Nunca me dió buena espina ese gato.
Y cuando me sonríe... Un escalofrio me recorre entera, mientras me invade una sensación de reconocimiento y enemistad. Como si se hubiese despertado algo dentro de mí que debería estar dormido.
Y tengo miedo. Mucho.
-No creo que quieras escuchar la verdad.
-Siempre es mejor la verdad.
-En tu caso es mejor vivir en la ignorancia.

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