Entonces, cuando ya lo daba todo por perdido, una luz muy intensa se enciende, haciéndome guiñar aún más mis ojos ya cerrados y llevarme una mano a ellos. Como si el mundo hubiese estado a oscuras todo este tiempo y alguien hubiese encendido el sol en la Tierra más cerca de lo normal.
Espero dos segundos más pero el golpe nunca llega. Abro un ojo, preguntándome de donde viene el torrente de luz, y me encuentro con que viene de mi propio cuello. De la perla que me regaló mi madre, para ser más exactos. Y ahora se ha encendido como una potente bombilla más fuerte que el sol, y transmite una luz blanca.
Pero mi sorpresa no es nada comparada con la de James, que no ha aguantado la luz y se ha llevado las manos a los ojos y ahora está encogido chillando de dolor. Aprovecho para quitarle el bate y alzarlo en el aire, amenazante. Espero que no se le ocurra moverse porque me da miedo utilizar el bate.
Mi collar para de brillar y decido ocuparme de eso más tarde. James se levanta con un gemido de dolor y se destapa los ojos. Los tiene rojos y con las pupilas muy dilatadas.
-¿Qué me has hecho?- me acusa, y acto seguido grita horrorizado- ¡No puedo ver!
-Lo que te mereces, capullo.- digo con frialdad. Sin embargo, tengo la corazonada de que se curará en un par de días sin dejar rastro. Pero prefiero que se acojone. Se lo tiene bien merecido después de todo.
Se tumba en el suelo y se pone a llorar, desconsoladamente. A lo lejos, el sonido de sirenas y el baile de luces rojas y azules me avisa de que viene la policía. Un vecino debe de haberla llamado.
Suelto un suspiro de alivio, más tranquila, y dejo el bate en el suelo. Entonces, me permito temblar y desesperarme. Esta historia ha llegado demasiado lejos.
Me pregunto cómo explicaré que fue mi collar el que dejó ciego a James. Me van a tomar por loca. Aunque, después de todo lo que ha pasado, todavía me pregunto si Alex tuvo razón y es que estoy loca de verdad.
Pero, antes de que me dé tiempo a inventar algo, la policía llega a mi lado.
Dos hombres altos y fuertes, uno rubio y otro castaño, se bajan del coche y me enseñan la placa.
-Policía de Seattle- dice el rubio.- ¿Qué ha pasado?
-Es James Court- digo señalando a James, que sigue tirado en el suelo llorando.- Ha intentado atacarme con este bate y le he rociado con spray de pimienta.
No sé como se me ha ocurrido esa excusa pero parecen creérsela. Les tiendo el bate esperando que me pregunten donde tengo el spray, pero parece que se les ha olvidado. Mi voz suena bastante calmada aunque todavía tiembla un poco.
Los policías me interrogan durante un par de horas y luego también les hacen preguntas a los vecinos, que corroboran lo del spray de pimienta. ¿Habrán visto la luz de mi collar? Creo que me he vuelto loca del todo. Definitivamente.
Finalmente se llevan a James, con la garantía de que no le volveré a ver, ya que pasará unos bonitos años en un centro psiquiátrico en otra ciudad.
Y aquí estoy, dos horas después de la llegada de la policía, admirando mi vaya rota y lamentándome. Joder. De repente, un lento aplauso interrumpe mi momento de autocompasión. Me giro y me encuentro al hombre de los zapatos rojos mirandome con una sonrisa y dando lentas palmadas.
-Bravo. Al fin has despertado.
-Bravo. Al fin has despertado.

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