viernes, 22 de abril de 2011

Capítulo 24. Confianza.

-¿Despertar de qué?- Joder. Ya empezamos con las adivinanzas otra vez. Me estoy cansando, en serio.
El señor de los zapatos rojos me mira con una sonrisa y se gira para mirar a Alex, mientras me dice:
-No me corresponde a mí decírtelo.- Y, acto seguido, se sube a un Lamborghini negro que hay aparcado frente a la casa de Alex, y se va. Así, sin más.
Alex clava su mirada en mí, tenso. Mi única reacción es quedarme mirándolo con los ojos y la boca abiertos y sin pronunciar palabra. Una reacción no muy lúcida, lo sé.
Él tiene una mucho mejor: agarra la puerta y se mete dentro de casa sin mirar atrás. Y esa era la señal que me hacía falta para reaccionar.
-¡Maldito cabrón!- chillo mientras corro hacia su puerta y la aporreo. Un par de vecinas me miran asustadas desde las ventanas de sus casas. Qué bonita historia van a escuchar mañana mis padres cuando lleguen... Sin embargo, yo sigo a lo mio.- ¡No puedes irte así, sin más! ¡Me merezco una explicación!
Abre la puerta con cara irritada.
-¿Una explicación?- dice suavemente.- No necesitas una explicación. Necesitas una vida normal.
-¿Qué le pasa a mi collar? ¿Qué le habéis hecho? ¿Quién era ese hombre? ¿De qué he despertado?- le acribillo a preguntas, haciendo caso omiso de sus palabras.
Se queda callado, mirándome fijamente y con los brazos cruzados. Yo le miro a los ojos sin achantarme, dándole a entender que me va a acabar dando las respuestas que quiero.
-Mira, Natalie- comienza, pasándose una mano por el cabello,- no quiero que sufras. Y si evitándote la verdad voy a evitarte también el dolor, creo que es mejor así.
¿Natalie? ¿Y el "Nat" burlón?
Se da la vuelta y va a cerrar la puerta de su casa, cuando meto yo un pie entre la puerta y el marco, evitando que me dé esquinazo de nuevo.
-¿Y si quiero sufrir?-le susurré. Nos miramos, hasta que suelta un suspiro cansado.
-Hoy no.
-Entonces, ¿cuándo? ¿Cuánto tiempo vas a estar dándome esquinazo, evitando mis preguntas?
-No eres la única que tiene que hacerse a la idea de lo que está pasando.
-Tú al menos sabes lo que está pasando.
Suelta una carcajada amarga antes de decir:
-¿Y crees que eso es mejor? Si pudiese elegir elegiría tu situación.
-¿Y por qué no elegiste?
-No se me dió opción. Y a ti tampoco se te dará una vez que lo sepas.
-¿Saber qué?- mi pregunta suena desesperada, suplicante.- No tengo nada a lo que atenerme, ninguna explicación de lo que está pasando.
-¿Por qué no confías en mí?- En su mirada veo como una lucha interior, un debate a punto de estallar.
¿Confiar en él? Estamos hablando de mi vecino que se coló en mi casa no una, sino dos veces, que me llamó loca y me «sugirió» ir a un psiquiatra. Sin contar con que rompió dos figuras de angelitos, me besó y me mintió. Creo que son razones bastante buenas para no confiar en él.
-Confio en ti- digo, sin embargo en alto. Porque, a pesar de todo eso, cuando se coló en mi casa tuvo el bonito gesto de llevarme a la cama, porque fue amable con mis padres, me defendió ante James, escuchó la peor historia de mi vida, porque me salvó la vida cuando me caí de la tubería y me ayudó a recuperar mi colgante. Porque me llevó en coche, por la noche en el descampado viendo la ciudad... Pero, sobretodo, porque el beso me gustó.
Me mira un largo rato, hasta que se forma una media sonrisa en su cara, mientras mira hacia abajo. Yo retiro el pie de la puerta y él la cierra.
En ese momento, cuando me doy la vuelta para ir a casa, me encuentro con el coche aparcado de mis padres, que miran la valla estupefactos.
-Natalie- llama mi madre,- ¿qué ha pasado?
Yo me dirijo corriendo a ellos y les abrazo. Después de todo lo que ha pasado no soportaba la idea de dormir sola en casa. Les suelto y me echo a llorar mientras les doy explicaciones entrecortadas. Las emociones del día han podido al final conmigo.
-James se ha vuelto loco y ha venido con un bate de baseball. Yo le he rociado con un spray de pimienta y luego ha llegado la policía y se lo ha llevado.
-Cariño...- me vuelven a abrazar. Y, por encima de su hombro, veo un pequeño animal en el coche.
-¿Qué es eso?- le pregunto a mis padres, señalando al animalito.
-Un regalito que te hemos traido- dice mi madre. Abre la puerta y coge en brazos a un precioso y diminuto labrador blanco, que mueve la colita de un lado a otro, contento.
Dirigí una mirada a la casa de Alex, en lo que sería la primera mirada de muchas otras esperando verle salir por la puerta. Pero nunca salió.



-¿Por qué no confías en mí?
-Confio en ti.                     

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