viernes, 4 de marzo de 2011

Capítulo 2. Una extraña visita.

Estaba en su puerta, a punto de llamar, cuando ésta se abre sin un solo ruido. Por ella sale un hombre encorvado, con cierta chepa que le hace mayor y cansado. Su cara se mantiene todo el rato en las sombras y sus zapatos italianos rojos taconean con un ruido sordo al alejarse. Mira hacia todos los lados con una pose de cautela, como de un gato al acecho. Cuando le pierdo de vista, me pregunto por enésima vez qué me deparará el nuevo vecino. Casi puedo palpar el aire de misterio que se respira en esa casa. La cortina de una ventana se mueve hacia un lado, ayudada por alguien. Estoy a punto de verle la cara al misterio que oculta este inquilino. Una sombra de expectación cruza mi cara, y en la ventana aparece...

Un ruido que proviene del piso de abajo. Mis ojos se abren como platos y al acecho. Maldigo al ruido que me ha despertado, dejándome con la intriga de lo que esconde mi sueño. Qué manera de exagerar las cosas al cerrar los ojos. El nuevo vecino no tiene nada de extraño, debió ser su padre o su tio el que salió anoche de su casa. Pero la verdad es que la intriga del sueño ha sido bastante interesante.
Me doy la vuelta en la cama, dispuesta a volver a dormir, cuando otro ruido llega a mis oidos. Esta vez sí que me asusto. No voy a alardear de valentía y decir que jamás nada me asustó porque sería mentir. Lo cierto es que soy una cobarde y además una masoquista, porque adoro ver películas de miedo y luego no dormir durante semanas mientras me escondo bajo las sábanas por miedo a que se hagan realidad.
Pero la curiosidad siempre fue más fuerte que el miedo o el simple instinto de supervivencia, así que me levanto de la cama y pulso el interruptor de la luz. No se enciende. Pruebo con la luz del pasillo y obtengo el mismo resultado. Vuelvo a la habitación y cojo mi móvil. Bajo lentamente las escaleras de mi casa, alumbrándome con la linterna del móvil. «La curiosidad mató al gato» me recuerdan mis traicioneros pensamientos. Yo les chisto mentalmente y me digo que no hay de qué temer, pero en mi fuero interno estoy deseando salir corriendo a meterme debajo de la cama. Descarto la idea del ladrón, en este barrio jamás ha habido ladrones que pudiesen pasar la barrera de seguridad que nos separa del mundo. Sin embargo, las demás alternativas no son muy tranquilizadoras.
Llego al salón y me armo con una foto enmarcada, dispuesta a estampárselo en la cabeza a cualquier intruso, violador o asesino.
Me dirijo al piano, donde una figura toquetea las figuras que reposan encima, con manos expertas. En el suelo distingo piezas rotas de dos figuras que han caído al suelo, provocando el ruido que me ha despertado. El corazón me late a mil por hora cuando apunto al intruso con el móvil, sosteniendo el cuadro como un arma en la otra mano.
El vecino nuevo.
Ni siquiera se inmuta al apuntarlo con la luz. Sigue revolviendo entre las figuras, haciendo caso omiso de mí.
-¿Qué coj...?-me interrumpo, incrédula. Replanteo la pregunta mejor:- ¿Qué se supone que haces tú aquí?
Ni se vuelve para mirarme cuando contesta con otra pregunta:
-¿Qué te importa?
No lo puedo creer. Debe de ser una broma pesada, o una cámara oculta. No puedo evitar pensar que es la primera vez que le oigo hablar y que su voz es preciosa. Grave y suave, tranquilizante.
-Estás en mi casa-le señalo. A lo mejor no se ha dado cuenta.
-Júralo-dice sin molestarse en finjir sorpresa. De repente una sonrisa de medio lado se le forma en la boca y suelta una risa por lo bajo.
-¿De qué te ries?- No he dejado de sostener el cuadro por si intenta atacarme, aunque no parece que vaya a hacerlo. Él por fin se gira al contestar, clavando sus ojos de hielo en mí y haciendo que las piernas me tiemblen.
-Me estaba acordando de tu cara ayer. ¿Te pasaba algo?- dice señalándose la boca mientras frunce el ceño, fingiendo preocupación. Genial. He ido a dar con el tio más creido sobre la faz de la tierra, que piensa que todas babean por él. Bueno, es posible que así sea, pero no por eso tiene derecho a creérselo.
-Ah, quería disculparme. Estaba intentando aguantar el vómito, pero al verte fue difícil-le digo con frialdad. Toma esa. ¿Ahora qué contestas, listillo? Ya saboreando la victoria de haberle dejado sin palabras, me deja perpleja al contestar:
-No tenías cara de asco. Más bien de estar teniendo un precioso sueño conmigo.
Suelto una carcajada desdeñosa.
-Aunque te parezca increíble, no todas sueñan contigo.
-¿Ah, no? ¿Qué estabas soñando tú está noche?
Mierda.
-No lo recuerdo-le digo intentando que no se note lo turbada que estoy. Él se rie por lo bajo y sé que me ha pillado.
Mira hacia el piso de arriba, a la puerta de la habitación más cercana a las escaleras, la de mis padres.
-¿Están tus padres en casa?
-Sí, y seguramente hayan oido ruidos y estén preparando la escopeta.- Intento parecer neutro y que la voz no delate que estoy mintiendo. Lo cierto es que mis padres se fueron a un congreso de arqueólogos hacía ya dos noches y no volverían hasta dentro de un par de días. Pero él no tenía porqué saber eso.
Sonrie con la boca un tanto torcida, dejando ver unos dientes blancos y bien colocados.
-Mentira. No eres capaz de aguantar la mirada cuando mientes, te pones nerviosa y te tocas la oreja. Exactamente igual que cuando has dicho que no recordabas tu sueño. Eres una mentirosa pésima, Natalie Hydes.
-¿Cómo sabes mi nombre? No recuerdo habértelo dicho.
-Yo sé muchas cosas...-dice con actitud arrogante.- Pero eso precisamente lo sé porque está escrito en tu camiseta.
Me miro la vieja camiseta de los Ramones que utilizo para dormir. Ahora está llena de agujeritos y luce descolorida, pero cuando me la compré estaba bien y solía llevármela a los campamentos. Por eso la etiqueta con mi nombre sigue cosida en el bajo de la camiseta que ahora está doblado, dejando ver mi nombre y apellidos.
-Ahora estaría bien que tú me dijeses el tuyo, ¿no? No me gusta jugar con desventaja.
Un nuevo interés brilla en sus ojos.
-Alex.
Alex. Me gusta. Demasiado para ser bueno.
-Y ahora estaría mejor aún que te largases de mi casa- le sugieron con fuerza, dándole a entender que le quiero fuera en menos de dos segundos. Eso parece hacerle mucha gracia, porque suelta una suave carcajada. Cuando deja de reirse se acerca un paso a mí y yo retrocedo instintivamente. Un crujido suena debajo de mi pie y yo lo levanto, asustada. He pisado sin querer las figuritas que hay en el suelo. Por suerte, me he puesto las zapatillas de casa y no me he hecho daño. Me agacho para recogerlas, y cuando me giro para mirar a Alex veo que ha desaparecido. ¿Cómo se ha podido ir tan deprisa? No ha pasado ni un segundo. Me encojo de hombros.
Miro los trozos de las figuras que Alex ha tirado al suelo. Son dos angelotes gorditos y en pañales hechos de cerámica. Uno está tocando la lira y el otro la flauta. Con pesar los tiro a la basura mientras voy preparando una excusa para cuando mi madre me pregunte donde están.
Vuelvo a pasar por delante del piano y me encuentro, posada sobre las teclas, una pluma blanca, inmaculada y perfecta. ¿De dónde ha salido? A lo mejor un pájaro se ha colado por la ventana. No oigo ningún aleteo que me dé una pista, así que me dirijo de nuevo a mi cama. Miro el reloj de mi mesilla de noche. Marca las 3: 35. Maldigo en un susurro y me refugio entre las sábanas.

Cupidos.

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