miércoles, 16 de marzo de 2011

Capítulo 10. Ha vuelto.

-Entonces le besaste- repite María. Me mira con los ojos muy abiertos.
-Te repito que no fue por propio gusto- digo irritada.
-¿Y qué? Le besaste, ¿no? ¡Madre mía, Nat, qué afortunada eres!-chilla llevándose las manos a la cara. Los ojos la brillan de emoción, como si estuviese presenciando la mejor película del mundo.
-¿Afortunada? ¡Ese imbécil me intentó hacer creer que estaba loca!- me indigno.
-¿Imbécil? Pensé que eran tus favoritos.
Suelto un suspiro. Me ha pillado.
-Él es doblemente imbécil.
-Entonces doblemente mejor.
Suelto una carcajada. Estamos María y yo paseando por la calle principal con un batido en la mano. Ella de chocolate y yo de vainilla. Me fijo como siempre en sus andares. María ha asistido a clases de baile clásico desde que tenía tres años. Se mueve medio de puntillas, bailando. Como si el mundo fuese su propia pista de baile. Tiene una gracia natural que la caracteriza y la hace parecer una linda muñequita. Supongo que en eso se diferencia de mí, que no puedo andar dos pasos sin abrazar el suelo. Siempre vamos los viernes a recogerla después de su clase y la vemos ensayar durante media hora. Su uniforme es un maillot rosa claro con unas medias carne. La obligan a llevar un moño estirado que ella detesta, pero como es parte de toda la magia, se resigna. A veces me recuerda a una muñequita de porcelana que tenía de pequeña. Era muy bonita. Estaba dentro de una cajita de madera que al abrirla sonaba una música, "Claire de lune" de Debussy. Siempre preferí el "Claro de luna" de Beethoven, pero ese no me desgrada del todo. Al compás de la melodía, una graciosa bailarina sobre un muelle en el centro de la caja, se ponía a dar vueltas.
Hoy Vir está con Johnny, su novio, viéndole jugar un importante partido de rugby en el instituto. Llevan saliendo un año y son tal para cual. Mientras que Vir es callada y con mucho carácter, Johnny es amable, atento y generoso, y la adora por encima de todo. Son la pareja perfecta del instituto y la envidia de chicos y chicas.
María se sienta en un banco al sol y yo la imito. Echamos la cabeza hacia atrás dejando que el sol acaricie nuestro rostro. Sus pequitas se vuelven más claras y mi pelo se vuelve más dorado.
De repente, una sombra se pone delante de nuestros ojos tapándonos el sol. Frunzo el ceño y abro los ojos, irritada. Mi boca se abre en una mueca de sorpresa. Ante nosotras se alza un chico delgaducho y estirado con el pelo rubio casi albino. Me mira solo a mí con una sonrisa de psicópata. Y los ojos marrones como una charca de barro mugrienta y sin fondo de la que no puedes esperarte nada bueno.
De acuerdo, debo admitir algo: cuando le dije a Alex que era el primer pirado con el que me juntaba, mentí. En realidad es el segundo.
-Natty...- dice. Su voz está cargada de ira, rabia y un odio tan profundo... Y como una idiota se me ocurre hacer una comparación con el emperador de Star Wars (que sí, que soy muy friki).
Es un susurro que me trae a la mente los peores momentos de mi vida. Un flashback me lleva al invierno del año pasado.
Veo sus ojos con el ceño fruncido. Relucen con una furia desatada. Veo su pelo lleno de gomina cara despeinado. Sus dientes apretados en una mueca casi animal y su mano alzada en el aire con una amenaza implícita. Me veo a mí agachada en una esquina. Los ojos llorosos y el pelo despeinado. Mi boca tiembla de terror chillándole que se aleje de mí.
María le está mirando asustada y yo hago lo propio. Sacando fuerzas de flaqueza la agarro de la mano y tiro de ella para alejarnos de él. Pero cuando paso a su lado me agarra del brazo con fuerza y me gira bruscamente. Mañana tendré un feo moratón en el brazo. Gracias, me has arruinado lucirme en bikini.
-¿Te crees que se ha acabado? Estás muy equivocada...- me susurra. Apesta a alcohol de nuevo. Me suelta y María y yo nos dirigimos andando lo más rápido que podemos al centro comercial que se alza enfrente del parque.
Llegamos sin resuello a la puerta. James. James ha vuelto. Una retahila de palabras que repiten siempre lo mismo se suceden en mi mente.
-¿Qué te ha dicho?- me pregunta María. Me agarra de la manga de la chaqueta, asustada.
-Que no se ha acabado- susurro asustada, como si pudiese oirme y volver a por mí.
-Tengo miedo...- La última sílaba se pierde en el aire. Abrazo a María intentando infundirla un valor del que yo misma carezco.
-No pasa nada... No volverá a hacerme daño- la consuelo. Ella llora sobre mi hombro y sé que está recordando todo lo que sucedió el invierno pasado. Un Noviembre cualquiera que se transformó en el peor Noviembre de todos.
Una lágrima recorre mi mejilla y me doy cuenta de que por mucho que diga que lo he superado, es mentira.

María.

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