-Muy perspicaz-contesta él con ironía. Vale, es posible que no haya sido mi comentario más lúcido, pero ¿qué quieres? Después de todo lo que ha pasado es demasiado pedir que mi mente siga funcionando igual que antes, ¿no?
Pero empecemos desde el principio, porque más de uno ya se ha perdido llegados a este punto:
Todo comenzó hace un año, con el nuevo vecino. Venía solo, sin padres, amigos o novia. Podría decir que en lo primero en lo que me fijé fue en su extraña personalidad y quedaría como una chica profunda y poco superficial; pero sería mentir. Fueron sus ojos. Dos pedazos de cielo colocados en su cara, haciendo de ella el ideal griego. Bueno, no sé si griego, pero mi ideal seguro. Ya la he vuelto a fastidiar. No creais que soy frívola, pero admitámoslo: era sencillamente perfecto. Podría tirarme aquí una hora describiendoos la línea de su espalda o la curva de sus labios, pero me falta tiempo y ganas. Pasemos directamente a nuestro primer encuentro.
Él estaba trasladando cajas desde su coche (no voy a decir de qué modelo porque ni me fijé, ni me acuerdo, ni tengo idea alguna de coches. Dejémoslo en que era bonito). Yo estaba saliendo por la puerta de casa para encontrarme con Vir, cuando le vi. Estaba de espaldas, una camiseta blanca dejaba distinguir la perfecta curvatura de una bien moldeada espalda, y unos pantalones vaqueros tapaban un culo muy bien formado, en sus perfectas proporciones: es decir, ni parecía que le fuese a reventar el pantalón, ni succionaba los vaqueros por la carencia de culo. Su pelo del color del azabache brillaba al sol, cuidadosamente despeinado. Sin embargo esto tampoco atrajo mi atención demasiado. En realidad fue cuando se giró. Me di cuenta de que había quedado prendada de sus ojos para siempre, que quería nadar en ellos. Él me devolvió la mirada y una sonrisa de medio lado se empezó a formar en su boca. Se estaba riendo de mí. Cerré la boca como una idiota y recogí algo de mi dignidad mientras me alejaba intentando fingir indiferencia. Algo un tanto difícil después de haber quedado tan tocada. Primera impresión: funesta.
Vir me esperaba en el Starbucks, dando golpecitos nerviosos con la uña del dedo índice en la mesa. Como siempre, yo volvía a llegar tarde. Vir es mi mejor amiga desde que teníamos 3 años. Nos conocimos cuando las dos intentamos tirarnos a la vez por el tobogán del parque. Ninguna quería dejarle a la otra tirarse antes, y conociendo ya nuestro tormentoso carácter no era de extrañar que acabásemos las dos en el suelo tirándonos de los pelos. Al final tuvieron que separarnos y obligarnos a hacer las paces. Al acabar el día estábamos juntas jugando en el arenero y no queríamos separarnos de la otra. Nuestros padres alucinaban: o nos matábamos a bofetadas o a abrazos. Desde entonces somos inseparables.
A pesar de estar de acuerdo en todo y tener el mismo genio, en la parte del físico somos todo lo contrario: Vir tiene la cara cuadrada, enmarcada por un voluminoso cabello negro liso que la llega hasta los hombros. Tiene los ojos redondeados y muy grandes de color marrón, aunque con la luz se vuelven del color de la miel. Es bajita, me llega por los hombros y me hace sentir muchas veces como un bigardo. Por suerte, adora los tacones y es casi incapaz de salir de su casa sin unos, incluso para tirar la basura.
Por otro lado, yo soy más bien alta, como ya he dicho. Tengo el pelo rubio ceniza totalmente liso e incapaz de ondular, a la altura de la cintura y mis ojos tienen el color de la plata. Mi rostro es ovalado y mis ojos de un tamaño normal, ni achinados ni como los de Vir.
-Espero que tengas una muy buena excusa para haberme tenido esperándote más de un cuarto de hora-dijo en tono agudo. Y supe que estaba próxima al cabreo.
-La tengo- contesté con un halo de misterio. Luego la miré a los ojos antes de soltar la noticia:-Tengo un vecino nuevo.
Ella alzó una ceja con escepticismo.
-¿Y por eso he estado esperándote tanto tiempo? ¿Por un vecino cotilla?
Se me olvidaba. Mi barrio está lleno de viejas chismosas que organizan reuniones de café para poner a caldo a los vecinos y cotillear sobre unos y otros. Están siempre con el oido pegado a la puerta y se cuelan en tu casa con la menor excusa. Son como bívoras, lo juro.
-Este es una excepción, en serio. Es guapísimo. ¡Tiene unos ojos azules impresionantes!
-¿Has hablado con él?- preguntó ya sin rastro de enfado en la voz.
-Algo parecido... Me lo he encontrado y me he quedado mirándole con la boca abierta y la baba cayendo...- Vuelvo a sentir vergüenza al recordarlo.
-Oh Dios mio... Dime que estás bromeando-me pide con una mezcla de compasión y vergüenza ajena en la cara.
-Ojalá.
La tarde pasó rápido en el café y volví a mi casa a las diez. Mientras sacaba las llaves del bolso recé por encontrarme con el vecino y poder enmendar nuestro primer encuentro. No creía que nada sucediese, por eso me quedé petrificada cuando la luz de su porche se encendió y salió un hombre con un maletín negro. Era de noche y no podía distinguir su cara, pero a juzgar por la encorvadura de su espalda y sus lustrosos zapatos italianos rojos (horteras, debo añadir), no era mi vecino nuevo.
Entré en casa con la curiosidad en los ojos. ¿De dónde había salido ese hombre? ¿Sería su padre? Y lo peor de todo: ¿De dónde habían salido esos zapatos?
Starbucks.
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