miércoles, 9 de marzo de 2011

Capítulo 8. La comida.

Nos sentamos en la mesa y mamá empieza a servir los spaghettis mientras me acuerdo de Alex y toda su familia.
Me ha vuelto a tender una trampa y yo he vuelto a caer como una tonta. ¿Un beso? ¿Cómo se me ha podido ocurrir que solo me pidiese un beso?
Me dirige una sonrisa en la que me demuestra que se está riendo de mí. Yo me agarro la mano para no seguir el pueril impulso de tirarle el pan a la cara y borrarle esa sonrisita.
Me da tanta rabia... Y lo peor es que me ha gustado. Y que me he quedado colgando como una idiota, proporcionándole la perfecta excusa para reirse de mí otra vez.
-¿Por qué no le cuentas a Alex el viaje que hiciste a Italia?- me sugiere mamá. Llevan un rato hablando y he estado tan ocupada intentando adquirir de repente poderes mentales en plan Star Wars (sí, soy una friki) para fulminar a Alex, que no me he enterado de nada.
Me encojo de hombros.
-Fuimos en avión, visitamos el Coliseo y todo eso- sacudo la mano para decirles que no fue tan importante- y nos volvimos. Sí, muy interesante.-Acabo con un diálogo conmigo misma.
-¿Haceis viajes con vuestro instituto?- le pregunta mi madre a Alex después de lanzarme una mirada reprobadora. ¿Y ahora qué he hecho?
-En realidad,- se aclara la garganta- yo ya no voy al instituto. Tengo 19 años. Pero suelen decirme que aparento menos- sonrie, encandilando a mis padres.
-No eres mucho mayor que Natalie- continúa mi madre.- Ya está en el último curso.
Habla como si no estuviese presente o como si tuviese que patrocinarme. Tengo ganas de subirme a la mesa de pie y bailar en sus narices. A lo mejor se daría cuenta de que estoy delante.
-¿Qué vas a estudiar, Nat?- desvía la atención hacia mí Alex. Me exaspera. Ya le he dicho que no me llame Nat. Puedo ver en sus ojos que realmente disfruta con un siniestro placer de todo esto. Placer que me encargaré de arruinarle con una sonora bofetada. Primero en su orgullo. Luego en su mejilla.
-Medicina. Y no me llamo Nat- respondo friamente, entrecerrando los ojos.
-Todos te llamamos Nat- dice mi madre. Me acaba de dejar por los suelos. Con aliados como mis padres, ¿a quién le hacen falta enemigos?
-¿En qué universidad estudias, Alex?- vuelve a abrir la boca por fin mi padre, desviando la conversación. Papi, te quiero.
-En la Universidad de Washington- responde Alex.
Un murmullo de admiración procedente de mis padres recorre la mesa cuando Alex dice que está estudiando negocios. Y pienso en el negocio que acabamos de hacer. ¿Le habrán enseñado a estafar así en la universidad? Porque es juego sucio.
La comida transcurre ya con normalidad y yo evito meterme en la conversación. Solo le lanzo miradas de amenaza a Alex de vez en cuando. Pero él, en vez de asustarse y salir por patas, se rie.
-¿Por qué no le enseñas la casa a Alex?- me sugiere mi madre. Me quedo paralizada. Oh no. Ya sé lo que pretende. Quiere juntarme con él. Nunca. Nun-ca. Ya puede ir olvidándose.
Pero pienso que así puedo hablar con él y convencerle de que se vaya. Me levanto de la mesa seguida de cerca por él. Nos dirigimos al salón.
-Este es el salón donde me rompiste dos figuras. ¿Qué te hicieron los pobres angelitos?
-Nada. Quería despertarte y fue lo primero que pillé.- Oculta algo. Lo noto. Le miro, intentando detectar un movimiento sospechoso, pero todo es normal. ¿Que razón tendrá para haber roto los cupidos? No eran tan feos, ¿no? Pongo los ojos en blanco. Alex es el típico personaje que parece que oculta algo incluso cuando te dice la hora.
Subimos las escaleras y llegamos a mi habitación.
-Esta es la habitación donde me estafaste.
-Ya... Me dirás que no te gustó.- Se queda cruzado de brazos apoyado en la pared. Noto como mi piel se pone de un color rojo delator. Él se rie ante mi turbación.
-Sigamos- digo cambiando de tema.- Esta es la habitación de mis padres,- la señalo sin darle mucha importancia,- este es el baño y esta es la habitación de invitados.
Doy media vuelta y me dirijo hacia las escaleras, esperando que me siga. Cuando veo que no lo hace me doy la vuelta y me lo encuentro tan tranquilo sentado en la silla de mi escritorio. Este tio tiene una cara...
-¿Qué haces?
-¿Por qué tienes una figura de un ángel en tu habitación?- me pregunta como respuesta. En mi escritorio, en una esquina, se encuentra un angelito rechoncho, sonriente, con las alas azules y la piel blanca.
Me encojo de hombros:
-Nos lo regalaron hace tiempo y me lo quedé yo- le contesto.- ¿A qué viene esa pregunta?
-Tenía curiosidad- dice escueto.

Natalie.

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