-No me gustan sus miradas de tontos. Pero ciertamente me fascinan.- Tiene tono de estar a miles de kilómetros de distancia. Como se no se estuviese dirigiendo a mí, sino a su interior.
A mí lo que me fascina es su mente y su actitud. Mientras que yo soy previsible y mi cara es como un libro abierto, él mantiene todo siempre bajo control, sin delatarse ante nada. Es absolutamente imposible saber lo que piensa. Y nunca sé por donde va a salir. Parece como si supiese lo que yo espero y decidiese irse por otro lado solo para confundirme. Quiere confundirme, desde luego. Siempre consigue sorprenderme. Y cuando habla veo que por su mente están pasando millones de cosas por instantes, cuando yo ni siquiera soy capaz de pensar ni en lo que estoy diciendo. Consecuencia: la cago siempre.
-No son miradas de tontos, son de gente buena- le replico. La verdad es que me da igual, pero siento un siniestro placer en llevarle la contraria. Me mira y forma una media sonrisa.
-¿Acaso no es lo mismo?
-Oh, así que tú eres un chico malo, ¿no? No te van las reglas, vives al límite. Déjame adivinar: te pasas del límite de velocidad.- Le miro abriendo mucho los ojos y tapándome la boca con horror fingido. Detecta la casi palpable ironía en mi tono.
-No es lo peor que he hecho- me susurra mirando a un lado y a otro por si le ha oido alguien más.
- ¿Qué es lo peor que has hecho?- Ahora tengo curiosidad. La curiosidad mató al gato me repite de nuevo mi mente. ¿Qué pasa? ¿Qué ahora le ha dado a mi subconsciente por proverbios absurdos, o qué?
-¿Quieres saberlo?- me pregunta. Asiento. Ahora es aún más grande la curiosidad. Se levanta de mi silla y se acerca con aire confidencial a mí y me susurra muy bajito - Una vez maté a un hombre.
De acuerdo. No esperaba algo así. Imprevisible, como yo os decía. Podía imaginar a Alex como un ladrón o incluso un camello, pero ¿asesino? No le habría creido tan pirado. La curiosidad salvó al gato. Ahora que sé que es un asesino le denunciaré a la policía y estaremos todos a salvo. Solo tengo que darle una excusa como que tengo que ir al baño, agarrar el móvil por el camino y llamar a la pasma. Un sudor frio empieza a instalarse en mi piel. Mis manos están pegajosas y puedo sentir como me tiembla el labio inferior, como siempre que estoy nerviosa. ¿Qué hago? Debo sacarle de casa antes de que lastime a mis padres. Oh Dios mio. ¿Tengo a un pirado en mi habitación!
De repente se empieza a reir. Le tiemblan los hombros.
-En serio, Nat, deberías dejar de ser tan inocente.- Ahora se rie a carcajadas sin disimular. Lo cierto es que tiene una risa muy bonita. Estoy tan tocada que no me molesto en decirle que no me llame Nat. Pero después de diez segundos (demasiado, lo sé), me doy cuenta de que me ha tomado el pelo de lo lindo.
-¡Idiota!- le suelto.- ¿Cómo se te ocurre gastarme una broma así?- Estoy rabiosa. Me he llevado un susto de muerte. Él sigue riéndose a mandíbula batiente.
-Ojalá hubieses visto tu cara- para de reirse pero sigue con una sonrisa burlona.- No sabrías defenderte de un psicópata en un caso real.
-No lo necesito. No suelo juntarme con pirados. De hecho, tú eres el primero con el que me junto, y no por propio gusto, desde luego.
-¿Pirado? ¿No te dije que fueses a un psicólogo?- Pone la misma cara que cuando me acusó de estar loca.
-¡Idiota!-repito como una niña pequeña. Alex mira el reloj de la pared. Marca las 9 de la noche.
-Me voy. Llego tarde a una cita.
Baja las esclaeras seguido de mí, pero a la mitad se detiene y se gira de repente, provocando que casi me choque contra él. Estamos a 10 centímetros, yo en un escalón más arriba y todavía sin estar a su altura por unos centímetros.
-Deberíamos negociar más a menudo-sonrie burlón.
-Ni lo sueñes.- Le indico que siga bajando las escaleras y me hace caso.
Se dirije al salón a despedirse de mis padres, agradeciéndoles la "deliciosa velada", y rogándoles que vayamos a cenar un día a su casa. Tan educado... Seguro que mis padres vendrán luego a cotillear qué ha pasado arriba, como si fuesen mis mejores amigos.
Cuando pasa a mi lado mientras yo le sujeto la puerta me vuelve a tirar de la cuerda del vestido.
-Adiós, Nat. Vete pronto a la cama y sueña con angelitos.- Se rie como si fuese una niña de 5 años con problemas mentales. Noto que la última frase lleva un sentido oculto, pero no me apetece pensar en él.
-No me llames Nat- me despido y le cierro la puerta en las narices. Para que le quede bien claro que aunque haya pasado unas horas en mi casa seguimos sin ser amigos y sigo sin fiarme de él.
Entonces me doy cuenta de que podría haberle preguntado sobre su cita. A lo mejor era con el de los zapatos rojos. Me huelo algo en todo este asunto...
"¿Qué es lo peor que has hecho?".
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