Me despierto con un gemido cansado. Son las 12 de la mañana. Anoche, después de que se fuera James, Alex volvió a su casa y yo me fui directa a la cama. No pude dormirme hasta una hora después.
No recuerdo lo que he soñado, solo que estaba relacionado con Alex. Me pongo las zapatillas y bajo a desayunar. Mis padres han dejado una nota en la nevera diciéndome que se han ido a un congreso en Santa Bárbara y que no volverán hasta el día siguiente por la noche. Abro el armario de la cocina y no encuentro ni una mísera magdalena. Con un suspiro decido renunciar al desayuno por la simple pereza de llamar a Vir para que me acompañe al Starbucks.
Me dirijo a la ducha, me siento como sucia después de lo de anoche. Me estoy desvistiendo cuando reparo en dos cosas. La primera es que no tengo mi collar. Mierda, lo había olvidado.
Y la segunda es que tengo un tatuaje en el bajo de la espalda que no recuerdo haberme hecho nunca. Está justo donde lleva toda la semana picándome. Es el dibujo de dos alas contorneadas de negro, un poco separadas, como las de un ángel. Joder. Seguramente a mis padres no les importe que lleve un tatuaje pero, ¿cuándo narices me lo hice? ¡A mí ni siquiera me gustan los tatuajes!
Me meto en la ducha y lo froto con jabón con la esperanza de que se quite. Nada.
Joder. Joder. Joder. ¿Tengo amnesia? No, lo recuerdo todo bien menos lo del tatuaje. Corro al teléfono a llamar a Vir.
-Vir, ¿recuerdas que me haya hecho un tatuaje?
-¿Un tatuaje? Pensé que los odiabas.
Ella tampoco lo recuerda. La digo que lo olvide y la cuelgo. Marco el número de María. Obtengo la misma respuesta.
Me quedo en el espejo de cuerpo entero de mi habitación mirándolo. La verdad es que es bastante bonito. Lo toco con los dedos. Sí, es precioso.
No sé porqué pero tengo la sensación de que la respuesta está en la casa de mi vecino.
Me pongo una camiseta blanca normal que me cubra el tatuaje y unos vaqueros cortos y bajo a la calle. Corro hacia su puerta y llamo al timbre. Nadie contesta. No me jodas que no está en casa. Joder. Me quedo diez minutos esperando fuera de la valla blanca hasta que se me ocurre saltarla. Lo hago sin mucho esfuerzo y corro hacia su puerta. Vuelvo a llamar. Nadie abre. Seguramente esté durmiendo. Después de estar ayer a las 5 en mi casa con pinta de no haber pasado por su casa, sería lo más normal. Aprovecho para cotillear un poco. Doy la vuelta a la casa para mirar por la ventana. A través del cristal puedo ver su salón ya amueblado. Tiene un sofá negro, una mesita al lado y una mesita con una televisión plana. De las paredes cuelgan un par de cuadros de paisajes bastante bonitos, y un piano de cola justo en el centro de la habitación. Pero lo cierto es que a través de su decoración no se puede ver nada de su personalidad. Me pregunto por enésima vez qué clase de persona será. Es como si hubiese construido una especie de muro alrededor de su mundo y yo estuviese fuera. Con esa expresión insondable que jamás deja ver lo que está pensando. La única vez que descubrí una brecha en ese muro fue anoche. Un muro a prueba de balas. Me pregunto qué sucesos le habrán hecho protegerse de esa manera. Ninguno bueno, seguro.
En ese momento, en el justo instante en el que estoy cotilleando por su ventana, se le ocurre despertarse y bajar las escaleras. Cazándome, como no, en pleno trabajo de espionaje.
No estoy muy orgullosa de ello, pero debo decir que soy de reflejos lentos. Que me cuesta pensar, vamos. No soy tonta, no os paséis, solo un poco menos rápida, ¿vale?
Total, que se queda mirándome sin sorprenderse lo más mínimo, como si ya se lo esperase. Y yo, como una idiota, sigo mirándole por la ventana, a la espera de que, mediante un milagro, desarrolle en dos segundos el poder de teletransportarme y aparezca en mi casa. No lo desarrollo. No soy Spok.
Pero especifiquemos eso de que me quedo mirándole. Más bien mirando su cuerpo de cintura para arriba. Así que duerme sin camiseta. Lleva solo unos vaqueros y una sonrisa burlona a modo de vestimenta. Creo que ya noto la baba gotear. No sin mucho esfuerzo, consigo apartar la vista y salir corriendo hacia la parte delantera de la casa para salir por la verja y seguir corriendo a mi casa. Pero él es más rápido y me atrapa justo en la verja. Me agarra de las piernas y me coloca en su hombro. Pataleo y le chillo como una loca. Adiós libertad. Adiós negarlo todo y hacerme la tonta. Te han cazado, Nat. Esta vez sí.
-¡Pedante imbécil, bájame de aquí!- le chillo mientras le doy puñetazos en la espalda. Ya sabía que no soy muy fuerte, nunca me ha gustado el deporte (¿de qué narices sirve sudar?), pero esperaba que al menos lo notase. Ni se inmuta. Admitamos algo: está realmente bueno. Como un modelo de Abercrombie. Cuando me doy cuenta de que no voy a conseguir nada, dejo de aporrearle la espalda para contemplarla. Creo que me voy a desmayar. Se aprecia una asistencia regular al gimnasio, esos músculos no se crean por sí solos. Tiene una complexión delgada, atlética.
De pronto me deja en el suelo sin miramientos. Estaba tan ocupada admirándole que no me he dado cuenta de que hemos entrado en su casa y me ha dejado en el sofá. Me quedo ahí sentada mientras nos miramos fijamente. Ha vuelto a reconstruir el muro y ya no hay ninguna fisura. Vaya.
-¿Y bien?- Alza una ceja. Le estoy mirando quizás demasiado fijamente.
-¿Y bien qué?- replico.
-¿Me vas a decir qué buscabas en mi jardín?- Pregunta. Se lo está pasando muy bien. Demasiado. No se me ocurre nada que lo excuse así que vuelvo a intentar salir corriendo. Me vuelve a atrapar cuando no he recorrido ni medio metro. Debería haberme pensado eso de un gimnasio. Si consigo salir de aquí con un mínimo de dignidad prometo apuntarme a uno.
No me sienta en el sofá como antes, sino que me gira y se queda mirándome la espalda. Al agarrarme se me ha subido un poco la camiseta y él la mantiene levantada, mirando algo en el bajo de mi espalda.
-¿Cuándo te has hecho este tatuaje?
"¿Cuándo te has hecho este tatuaje?"
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