viernes, 4 de marzo de 2011

Capítulo 6. Mis padres.

Un coche se detiene en la puerta de mi casa. De él se baja un señor sonriente, con una camiseta que él considera moderna en la que aparece la foto de un dinosaurio y debajo está escrito un chiste de arquéologos que solo entiende él. Y al lado, una señora delgada y aún más sonriente, con un sombrero que hace décadas que dejó de estar de moda.
Han vuelto mis padres.
Salgo a la puerta a recibirles, fingiendo que no me han estropeado lo que queda de fin de semana.
-¡Cariño!- chilla mi madre mientras se lanza en plancha a abrazarme (no exagero, fue como el salto de Michael Jordan en los "All Stars"). La devuelvo el abrazo con unas palmaditas en la espalda.- Te hemos comprado una camiseta.
-Oh, no hacía falta que os molestaseis.- Finjo agradecimiento cuando por dentro me pregunto qué mierda me habrán traído ahora. Pensaréis que soy una desagradecida, pero creedme que en mi situación temeríais lo mismo. Me basta deciros que en el último viaje que hicieron a San Diego me compraron un sombrero de mariachi gigante, que me hicieron llevar mientras paseábamos por el centro de la ciudad.
Mi madre abre el maletero y yo rezo porque no sea un sarcófago o algo parecido. Es mucho peor. Mi madre saca una camiseta con una momia impresa en tamaño casi real en el centro. Solo con verla asusta, pero esque encima están cosidas unas vendas a la camiseta, para que sea más real.
-¡Qué original!- Me entusiasmo por fuera. En mi interior tengo arcadas y unas ganas tremendas de quemar la camiseta.
-La vimos en la tienda y pensamos que era muy graciosa- me explica mi padre. Yo sigo sonriendo forzadamente.
Me giro hacia mi padre que ya ha acabado de descargar las maletas.
-¡Papá!
-¿Qué pasa?- pregunta con aire de colega de toda la vida. Aclaremos algo: Mis padres creen que somos amigos. Pero les considero tan amigos como modernos. nada en absoluto. No me interpretéis mal, a pesar de los regalos cutres y su comportamiento yo les quiero mucho, pero ¿Tan raro es pedir un padre y una madre normales?
Justo mi vecino elige ese momento para salir de su casa a recoger el periódico. Imaginaos la escena: mi padre con una camiseta hortera, mi madre con un sombrero anticuado y yo sujetando entre mis manos una camiseta horrorosa.
-Buenos días- saluda, educado. Pero puedo leer la burla en sus ojos cuando me mira.
-Tú debes de ser el nuevo vecino- se dirige a él mi padre. Se estrechan la mano y mi madre se acerca también para darle la bienvenida. Yo no voy a quedar como una maleducada, así que me uno a ellos también después de un tiempo prudencial.
-¿Cuándo te instalaste?- se interesa mi padre.
-Hace un par de días nada más.
-Esta es nuestra hija, Natalie- me presenta mi madre cuando me acerco.
Alex extiende una mano para estrechármela, pero yo la miro con frialdad y digo:
-Ya nos conocemos.
-Si me disculpan, tengo que acabar de descargar- se despide Alex. Me mira al pasar, estudiando mi reacción. Yo suspiro aliviada, pero no dura mucho porque a mi padre se le ocurre la genial idea de ofrecer nuestra ayuda.
Y ahí estamos. Descargando cajas de su coche para dejarlas en su salón. Me fijo que no está del todo amueblado, tiene solo un sofá negro, una mesita baja y otra más alta donde está la tele. A través de su casa no puedo obtener ninuna información sobre él. A lo mejor su habitación me aportaría más datos.
En un momento dado, no sé como lo consigue pero nos quedamos a solas en su salón él y yo.
-Bonita camiseta- se burla.
-Te he pillado.
-¿Haciendo qué?
-Ayer me llamaste Natalie, y yo en nigún momento me he presentado, solo te dije mi nombre la noche que entraste en mi casa y luego lo negaste.
Sonrie, astuto y sin miedo, justo al contrario de lo que esperaba.
-No pensé que cayeses en tan pequeño detalle.
-Quizá me infravaloraste.
-Nunca me atrevería a infravalorarte.
-¿Por qué no hacemos un trato?
-Sorpréndeme.- Alza una ceja.
-Tú no vuelves a entrar en mi casa ni a hacerme sentir como una pirada.
-¿Y tú?
-Yo no he hecho nada.
-En un trato tiene que haber dos partes que colaboren, ¿no? No puedo hacer yo todo el trabajo.
-Tú empezaste. Se siente.
Mis padres entran riéndose por la puerta y nuestra discusión se interrumpe. Entonces mi madre suelta:
-Oye, Alex, ¿por qué no te vienes a cenar el lunes a casa?
Oh, venga ya...

Natalie.

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