-Nada, pero no pareces la típica chica a la que le vayan los tatuajes.- Su voz vuelve a ser tranquila.-¿Cuándo te lo hiciste?
-Ayer, creo.
-¿Crees?-Alza una ceja. De acuerdo, no es muy normal tener un tatuaje y no saber cuándo te lo has hecho, pero, ¿acaso ha habido algo normal desde que él llegó aquí?
-No recuerdo habérmelo hecho, pero esta mañana me lo he encontrado ahí cuando estaba duchándome.
-¿Sueles beber?- Se está riendo.
-¡No! Nunca bebo.
-Así que eres muy sana, ¿no?
-He visto personas corrompidas por el alcohol. No quiero acabar igual.
Por encima del hombro veo como su mirada se vuelve seria. Sabe de lo que hablo.
Me baja la camiseta y me gira hacia él.
-¿Cómo crees que ha llegado hasta ahí el tatuaje?- le pregunto.-¿Crees que me lo hizo James anoche mientras dormía?
-No lo creo. Los tatuajes duelen, te hubieses despertado.
-También me quitó mi collar.- Me toco el cuello desnudo. Me siento desprotegida sin él, como que no soy yo misma. Alex me aparta el pelo del cuello, y aunque no dice nada noto que pasa algo.
-¿Te importaría ponerte una camiseta?- le pregunto mirándole a los ojos y evitando por todos los medios bajar la vista hacia su torso. Contrólate, Nat, no aumentes su ego aún más. Tú mírale todo el rato a los ojos. Parecen como el mar en un día calmo y de noche. Me apetece ir a la playa. No te desvíes, Nat, pienso, volviendo a la realidad.
-¿Por qué?- El humor vuelve a su rostro en forma de sonrisa burlona.
-Es incómodo.- Ahora aparto la vista, mirando por encima de su hombro y concentrándome en un punto fijo.
Riéndose suavemente, agarra una camiseta azul oscura que cuelga de una silla al lado del piano, y se la pone. Respiro, aliviada, y me relajo un poco.
Llaman al timbre. Pego un brinco. Me dirijo a la puerta pero Alex me agarra y me hace salir por la ventana. No sé a quién espera, pero desde luego no quiere que nos encontremos. Me siento como su amante cuando aparece su mujer en casa.
Cuando ya tengo todo el cuerpo fuera, Alex se dirige a abrir la puerta. Debería irme, pero me quedo apoyada contra la pared de fuera, debajo de la ventana.
-¿Cómo avanza lo del ángel?- pregunta una voz grave que no es la de Alex. Es otro hombre.
No consigo oir nada más porque en ese momento unas manos cierran la ventana, insonorizando la casa. Con cautela, me asomo un poco para mirar por la ventana. Solo alcanzo a ver a un hombre de espaldas encorvado, de pelo negro y con unos zapatos rojos. El hombre de los zapatos rojos ha vuelto.
Me dirijo corriendo hacia mi casa y no paro de correr hasta que estoy tumbada en la cama, jadeando por el esfuerzo. Sí, me voy a plantear seriamente lo del gimnasio.
"El ángel" habían dicho. Oh Dios Mio. A lo mejor Alex es un agente del FBI que está aquí de incógnito y "el ángel" es un terrorista internacional que quiere destruirle.
Me siento como una de las chicas de James Bond. Personalmente prefiero que sea un James Bond tipo Pierce Brosnan ( me trae loca), a un Daniel Craig. Sí, también soy una friki de esas películas.
De todos modos, no puedo decir nada, porque si se supiese que mi nuevo vecino es una especie de James Bond se acabaría su camuflaje. A corto plazo lo primero que debo hacer es recuperar mi colgante. Pienso en llamar a Vir y María, pero no quiero meterlas en algún lio por allanamiento de morada, así que trazo el plan yo sola. Bastante simple: me visto de negro, me cuelo en su mansión, me dirijo a su habitación y recupero lo que es mio. Sencillo.
La operación está prevista a las 11 de la noche, así que me echo un rato en el sofá a ver la tele. No echan nada interesante a parte de una vieja película que he visto tres veces. La dejo e intento verla mientras el sueño me va ganando terreno.
Me despierto y miro el reloj del salón. 12 y media de la noche. Tengo la sensación de que debía hacer algo, pero no recuerdo qué.
¡Mi collar!
Mi mente lo grita y me palmeo la frente. ¡Seré tonta! Voy corriendo a vestirme. Salgo en mi viejo coche a las 12 y cuarto de mi casa. Destino: misión suicida.
"El hombre de los zapatos rojos ha vuelto".

No hay comentarios:
Publicar un comentario