miércoles, 9 de marzo de 2011

Capítulo 7. Una condición.

-Nat, abre la puerta- me grita mi madre desde la cocina. Han llamado al timbre y doy por hecho que es Alex, que viene a comer. Voy hacia la puerta con mi ligero vestido blanco moviéndose a mi alrededor y mi sempiterno colgante atado al cuello. Es una fina cadena de oro blanco con una perla que cuelga en el extremo, un poco más abajo de la clavícula. Es simple pero bonito. Desde que me lo regaló mi madre cuando cumplí diez años no me lo he vuelto a quitar. Lo considero mi posesión más preciada.
-Hola-le saludo con frialdad. Él me sonríe, burlón, y tira de un cordón que cuelga del cuello de mi vestido.
-Pareces un ángel- me dice al oido cuando pasa y yo le arranco el cordón de la mano con brusquedad.
-Y tú un demonio- le replico. Más tarde me daría cuenta de lo jodidamente acertada que estuve.
Lleva una camiseta negra normal de manga corta y unos vaqueros. Y por mucho que me cueste admitirlo le queda realmente bien. Tiene un aire de chico malo que me gusta especialmente.
Oigo como saluda a mis padres e insiste en que deberían haberle dejado traer un postre o algo. Mis padres están encantados con él. En serio, cuando le ven salir de su casa le saludan y les gotea la baba. A veces me quedo esperando a que les salga cola y empiecen a moverla de un lado a otro, contentos, mientras van a lamer a Alex. Asqueroso.
Llevo todo el fin de semana advirtiéndoles que no deberían fiarse de él y ellos se reían como si estuviese bromeando. Les tiene hipnotizados, lo juro.
Me siento en el salón y empiezo a juguetear con los cordones del vestido que cuelgan del cuello. Mi piel es tan blanca que casi podría confundirse con el vestido. Una vez me preguntaron si era un vampiro. No aguanto esas bromas pesadas de gente que se cree inteligente, y que te lo hace creer hasta que abre la boca. Un ángel, me había dicho Alex. La verdad es que parezco la típica niña buena con mi vestidito, mi pelo rubio y mis ojos grises. Pero siempre fue mejor utilizar esa ventaja para poder hacer lo que quisiera.
-¿En qué piensas?-me pregunta Alex sentándose a mi lado en el sofá.
-En que te quiero fuera de mi casa.- Se lleva una mano al corazón con sorna.
-Pero Nat, ¿por qué no quieres ser mi amiga?- Se está riendo de mí.
-Porque entraste en mi casa de algún modo y luego me hiciste creer que estaba loca. Y no me llames Nat.
-Pero no me decepcionaste y descubriste la verdad, Nat.-Suelto un gruñido que no suena del todo femenino.-Lo que me recuerda que íbamos a hacer un trato, ¿no? Pero no me quedó muy clara cuál era tu parte.
-Yo no tengo ninguna parte. Tú sales de mi vida y punto.
-Hagamos algo mejor... Yo salgo de tu casa y de tu vida para siempre, pero con una condición.
-¿Cuál?- entrecierro los ojos con recelo.
-Un beso. Solo tienes que darme un beso.- No sé como lo ha hecho pero está peligrosamente cerca y mi piel empieza a arder. ¿Qué se cree? ¿Y por qué me atrae tanto la idea?
-¿Cuál es la trampa?
-¿Por qué siempre tiene que haber una trampa? Es sólo un beso. ¿O esque tienes miedo?-Levanta una ceja.
Suelto una carcajada con burla. ¿Miedo?
-Vamos arriba. No quiero que nos pillen mis padres. Sería incómodo.- Hago una mueca, imaginándome la escena.
Me levanto y me sigue escaleras arriba hasta mi habitación. Cierro la puerta con cerrojo, por si acaso. Él me mira y se rie. Después se gira para inspeccionar cada rincón, como si estuviese en su casa. Abre un cajón y se encuentra con mi ropa interior perfectamente doblada.
-¡Eh!- chillo mientras cierro el cajón de golpe.- Esto no es asunto tuyo.
-No ha cambiado nada desde la última vez que estuve aquí-dice mirando alrededor.
-¿Cuándo has...?- Entonces me viene a la mente la noche que me quedé dormida en el salón y aparecí en mi cama.-Así que no soy sonámbula, al fin y al cabo- susurro para mis adentros.
Alex se aburre de mirar cajones y se acerca a mí. Demasiado cerca.
-¿Acabamos?- intento sonar indiferente, pero la voz me traiciona temblándome.
-¿Quieres acabar?- Se sigue acercando y yo no puedo parar de mirar su boca. Maldita sea. Asiento con la cabeza sin estar demasiado segura. Siempre he sido bastante alta y superaba a la mayoría de los chicos, pero Alex tiene la altura ideal, una cabeza más alto que yo. Me empieza a temblar el labio inferior como siempre que estoy nerviosa. Alex alza una ceja. Mierda, lo ha visto.
-¿Nerviosa?- Compone una sonrisa de medio lado.
-¿Por qué iba a estarlo?- Intento sonar indiferente y de nuevo la voz me vuelve a fallar. Maldita sea.
Entonces se acerca tanto que ya no queda ni un ápice de aire que nos separe. Acerca su boca pero no me besa todavía, quiere provocarme. Pero decido que no voy a ser yo quien rellene ese hueco y al final es él el que se inclina hacia delante. Y me gusta. Y no creo que sea bueno. Cierro los ojos y mi mente deja de funcionar, soy incapaz de pensar con claridad. Lo único que sé es que no quiero que este beso acabe nunca.
Pero acaba.
Se separa y me mira mientras yo sigo colgada en el aire todavía con los ojos cerrados esperando más. Carraspea riéndose y me recompongo, dándome cuenta de que parezco imbécil.
-Ya está.
-Bueno, pues vamos a comer, ¿no?- dice dirigiéndose a la puerta.
-¿Qué? Me dijiste que desaparecerías.
Se encoje de hombros:
-Mentí.

"Pareces un ángel..."
"Y tú un demonio".   

No hay comentarios:

Publicar un comentario